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GANADORA PREMIO ISLA DE LAS LETRAS A LA MEJOR NOVELA DE TERROR 2014

OSARIO es una novela de intenso y profundo terror adulto. La primera novela puramente asturiana de género a la altura de las grandes.

Prologada por el director de cine Santiago Fernández Calvete y el respaldo de la crítica especializada se presentará al público en los próximos días previos a su lanzamiento.

Desde diciembre en Ediciones Atlantis.

 

Presentaciones programadas:

 

Gijón, Instituto Jovellanos

Manzanares

Salamanca

Segovia

Valladolid

Madrid

Ciudad Real 

Oviedo 

Barcelona

 

 

Ya en esta página el Video de ambientación Osario "La novela"

 

En youtube  los cuatro teásers de Osario dirigidos por Ricardo Santana y Fran Rubio con idea de Javier Morales

 

 1 http://www.youtube.com/watch?v=V0WhFmbeQDc
2 http://www.youtube.com/watch?v=Qp98RXUfcdE
3 http://www.youtube.com/watch?v=7veHDlp7D6I
4 http://www.youtube.com/watch?v=YRbjBb1bJAc


 

Hemos conseguido un acuerdo con la Editorial y el precio final será de 20 Euros.

 

Os espero!!!!

 

Aquí tenéis el primer teaser montado en foto y el making of.

Espero que os guste tantísimo como a mí!

EL ESQUELETO DE LO QUE SERÁ EL CORTO...

RODAJE

AMBIENTE DE LA NOVELA OSARIO 1

 

 

La primera edición, agotada, la segunda en marcha...

 

OSARIOLANOVELA: arte y cultura en GIJON

PRIMER CAPÍTULO

Era un gélido día de un no menos frío invierno. La nieve se había acumulado a ambos lados de la carretera impidiendo ver otra cosa que la nívea acumulación en enormes montículos que la máquina quitanieves habría dejado unas horas atrás. El aire helado se contoneaba violento, embravecido, escondiendo su inmensa furia desatada entre los matorrales nevados. 
Tras una curva de la carretera, desde lo alto de una loma se descubría a lo lejos la aldea, emborronada por los vientos y los copos esponjosos de brillo plateado. 
En el coche, como dos desconocidos que se ven obligados a viajar juntos Daniel y Sara no se habían dirigido la palabra desde que hora y cuarto atrás abandonaban Gijón camino de la cabaña perdida en medio del bosque donde intentarían por enésima vez solucionar una relación de pareja prácticamente insalvable. 
Sara plegó la revista que ya había ojeado dos o tres veces para comprobar que Alma seguía profundamente dormida con el chupete en la boca cómodamente sentada en la silla amarrada al asiento trasero. 
El limpiaparabrisas seguía su monótono y cansino ruido sin dejar mucho más claro el panorama de la carretera, nuevamente llena de nieve. 
Tomaron el desvío y Daniel miró su reloj de pulsera, desconfiando del luminoso reloj digital de su coche nuevo. Un capricho que había disgustado a Sara justo un poco más de lo necesario, por lo que el auto regalo había sido doble. Encendió las luces largas porque empezaba a anochecer y la visión era cada vez más difícil. 
-”¿Cuánto queda?”, preguntó desganada Sara. 
-”Lo sabes de sobra... Un cuarto de hora... Si es que no nos matamos antes por cómo pasas las hojas...” 
-”¿Y cómo coño paso las hojas?”, preguntó levantando la voz y haciendo que la pequeña empezase a balbucear, todavía medio dormida. 
-”Déjalo, anda...” 
Llegaron al camino rural que llegaba directamente hasta la cabaña. 
-”¿Seguro que por aquí siguen hablando nuestro idioma?...¡Qué coñazo de viaje!”, refunfuñó Sara. 
Daniel resopló pensando que tal vez no era tan buena idea pasar ese fin de semana en la cabaña en el monte. 
Conociendo a su mujer, no le pasaría ni una. 
Alma empezó a llorar y ambos miraron atrás. Se le había caído el chupete. 
-”Cógelo tú, está bajo tu asiento...” 
-”Voy conduciendo...¿Ni siquiera eso puedes hacer?” 
Quitó la vista del parabrisas durante un solo segundo y palpó el chupete bajo su asiento. Lo sacó y se lo dio a Sara, justo cuando esta empezaba a gritar. 
-”¡Cuidado!...¡Frena!” 
Daniel levantó la mirada y vio un bulto en mitad del camino. Dio un volantazo y empotró la parte derecha del coche contra los riscos nevados de la montaña. 
-”¿Qué es eso?”, preguntó Daniel mientras hacía maniobra para volver a la carretera. 
-”Creo que es un animal” 
-”¿Con un camisón puesto?”, preguntó en tono borde. 
Ambos salieron del coche mientras los gritos de la niña no cesaban. Sara se sentó a su lado, le puso el chupete y la calmó mientras Daniel se acercaba al bulto inerte en la tierra embarrada del camino. 
-”¡Ven aquí!”, gritó a su mujer. 
Sara se acercó al paso lento que sus incómodos tacones le permitían.
Cuando llegó donde le esperaba Daniel, comprobó aterrorizada que lo que habíanestado a punto de atropellar era una mujer. 
Llevaba como bien se había fijado Daniel, un camisón blanco ensangrentado, por lo que pensaron que alguien la había atropellado y se había dado a la fuga, pero ese camino solamente llevaba hasta su cabaña. 
-”¿Le doy la vuelta?” 
-”Tú eres la enfermera... Espera que te ayudo” 
Entre los dos giraron cuidadosamente el cuerpo que yacía bocabajo. 
No había sido atropellada. 
Había sido sencillamente destrozada. 
Sara comprobó que aún tenía constantes vitales y le puso encima su abrigo, cubriéndola. 
-”Está viva... Pero deberíamos llevarla al hospital...” 
-”¿Sabes a cuánto queda el hospital?... A hora y pico de camino. Llama a una ambulancia, seguro que lo arreglan antes.” 
En ese momento la chica empezó a proferir unos ruidos guturales, como gruñidos, e inquieta trataba de dar manotazos al aire. 
-”Tranquila, dijo Sara, estás en buenas manos... Has tenido un accidente, pero ya estás bien. Te vamos a llevar a un hospital...” 
La chica empezó a gritar un “No” que parecía provenir de otro mundo y a agitar la cabeza de un lado a otro. 
-”Yo soy Daniel, y esta es Sara, mi mujer... Podemos llevarte a nuestra casa, está a diez minutos, y desde allí llamamos a una ambulancia si te parece...” 
La chica levantó por fin la cabeza y para horror de ambos, comprobaron que los ojos le habían sido extirpados. 
Un escalofrío recorrió la espalda de Sara cuando oyó a lo lejos el ladrido de varios perros que se acercaban. 
Entre los dos la subieron al coche, al asiento de Sara, envuelta en su abrigo. 
La muchacha no paró de tiritar ni un momento pero parecía más calmada. 
Daniel trató de arrancar el coche pero un humo blanco empezó a escapar por el capó. El ruido de los perros se hacía cada vez más cercano y amenazante. 
Lo intentó de nuevo y el coche arrancó, aunque haciendo un ruido extraño que evidenciaba que algún fallo había sufrido en el accidente. 
-”Por favor, sácanos de aquí cuanto antes...” 
-”Es lo que intento, joder...” 
Alma empezó nuevamente a llorar y la chica dejó de temblar inmediatamente. Trató de zafarse del cinturón de seguridad para girarse por completo. Sara le cogió la mano suavemente y se la acercó al cabello de la niña. 
-”Es Alma, nuestra hija...” 
-”Tu hija, querrás decir...” 
-”Buen momento para volver a arrancar costras, Daniel, como siempre, buen momento...” 
La joven acarició a la niña torpemente y esbozó una enorme sonrisa. 
Entonces fue cuando Sara comprobó que también le habían arrancado todos los dientes y cercenado la lengua. Las lágrimas comenzaron a brotar silenciosas de sus ojos. 
El coche se puso finalmente en marcha camino de la cabaña. 
Fueron diez minutos de silencio que podrían haber sido trescientos. El hedor de la desconocida impregnaba todo el interior del coche, pero el matrimonio no pareció percibirlo.  
A lo lejos, sombría y oscura se alzaba la cabaña que el padre de Daniel les regaló por su enlace. 
-”Baja tú a abrir el portón, Sara, me da miedo que se acabe de quemar el motor.” 
-”Tu coche, tu coche, tu coche... Parece que sólo te importa eso...” Se desabrochó el cinturón del asiento trasero, besó a su hija en la frente y salió temblando del coche. 
El candado del portón estaba helado, por lo que tardó unos minutos en lograr abrir el camino de acceso. Finalmente los congelados hierros cedieron y Sara empujó la puerta hasta el fondo, esperando hasta que Daniel pasó con el coche. 
-”¿Vuelvo a cerrarlo?”, preguntó a gritos a su marido, que sin molestarse en bajar la ventanilla asintió teatralmente desde dentro. 
Al cabo de unos minutos volvió a subir al coche. 
-¡Dios!, qué frío...” 
-”Estas dos se han quedado roques”, dijo señalando el asiento del acompañante y la silla de la niña. 
-”Venga, vamos a casa...” 
El coche subió la escarpada cuesta cubierta de tierra y gravilla con dificultad hasta la puerta misma de la cabaña. Construida en piedra y con el interior de madera vieja, la cabaña podría haber sido el refugio perfecto de aislamiento, pues todo lo que la rodeaba era bosque denso y helado. 
-”Espera aquí mientras enciendo el generador y abro la puerta.” 
-”Vale” 
-”¿Estarás bien?”, preguntó a la vez que la puerta del coche se cerraba sin esperar respuesta. 
Pasados unos minutos, Daniel volvió al coche y cogió a la niña. 
-”La dejo en la cuna y entonces pasamos a ésta...” 
Sara se detuvo a contemplar entonces a la extraña. 
Llevaba una especie de candado de un metal oxidado en el cuello. Respiraba profundamente, dormida, pero unas manchadas pompas de aire mojado se formaban en los orificios de su nariz. 
Trató de averiguar la edad que tendría. 
Su aspecto, vista de lejos, era el de una mujer de cincuenta o sesenta años, pero sus rasgos, terriblemente dañados, eran los de una joven que rondaba la veintena. Tenía muy poco cabello, sucio, descuidado y muy débil, seguramente por una mala alimentación prolongada durante años. Entonces observó que en la muñeca derecha llevaba algo como una pequeña pulsera de plástico, como las usadas en los hospitales. Trató de levantar el brazo, lleno de cortes y heridas para contemplarlo de cerca pero la chica despertó y comenzó a gritar y a agitarse nuevamente. 
-”Tranquila...Tranquila... Soy Sara, ¿recuerdas?... Ya estás a salvo...” 
La chica pareció volver a calmarse, pero agitó su cabeza de un lado a otro una y otra vez. Trató de hablar pero Sara no entendía lo que decía así que acercó su oreja a la boca de la joven. 
-”A... Salvo...No...” 
Sara volvió a estremecerse y le colocó el abrigo para que le cubriese también los hombros y el pecho. Sumisa, la joven no se inmutó. 
Daniel salió de la casa con unas zapatillas de felpa de estar en casa en la mano. Abrió la puerta del copiloto y desabrochó el cinturón de seguridad. 
-”Ayúdame, anda” 
Sara salió del coche y entre los dos consiguieron sacarla del coche. 
Casi en volandas la metieron en casa y Daniel la acomodó en el sofá, frente a la chimenea que empezaba a crepitar quemando el exterior de los troncos que había colocado. 
La joven volvió a sonreír y extendió las palmas de sus manos para sentir el calor en ellas. 
Ambos vieron que entre la cantidad de heridas infligidas, y muchas de ellas no curadas, las puntas de sus dedos presentaban una especie de callosidades y ampollas. Le habían arrancado también las huellas dactilares. 
Sara se levantó del sofá. 
-”Voy a abrirle un brick de caldo y calentárselo...¿Te encargas tu de ella?” 
Daniel asintió mientras le colocaba en el regazo una de las mantas que cubrían los brazos del sofá de piel y ayudó a la joven a recostarse. 
Al cabo de unos segundos el olor del concentrado de carne del caldo competía con el hedor de la chica en inundar la casa entera. 
Daniel se cercioró de que la puerta estaba perfectamente cerrada con los dos cerrojos y echó otros dos troncos a la lumbre. 
Sara entró en el salón con una bandeja que sostenía un enorme tazón de caldo. 
-”Tenemos que hablar...”, dijo Daniel. 
-”No creo que ahora sea el momento...” 
-”No. Precisamente ahora es el momento. Tenemos que hablar de ella.”, dijo mientras señalaba con la cabeza al sofá. 
-”Es evidente que se ha escapado de algún sitio... Y no creo que quién la tuviera retenida se vaya a dar por vencido... Estamos en medio de la nada y...” 
-”¡Hombre!, ¡Por fin!... Ahora estamos “en medio de la nada” y ya no “en un entorno privilegiado”. 
Sin dejar que Daniel terminara la frase se sentó al lado de la chica en el sofá. Dio un pequeño sorbo de caldo para comprobar que no estuviera muy caliente. 
-”Toma...”, y le colocó el tazón entre las manos. 
La chica al principio desconfió. Olió el interior del tazón y sorbió ruidosamente durante un segundo. Volvió a sonreír y se bebió el contenido de un trago, relamiendo los bordes. 
-”¿Quieres otro poco?” 
La chica asintió y ofreció el tazón vacío a la anfitriona que en menos de un minuto regresaba de la cocina con el mismo tazón humeante. 
La joven ya sin desconfiar volvió a beberse el contenido, esta vez pausadamente. 
-”¿Cómo te llamas?” 
La chica profirió esos gruñidos nuevamente y por mucho que Sara se acercaba para interpretarlos no fue capaz. 
-”¿Lo puedes escribir?” 
La chica asintió. 
Entonces Sara sacó una libreta de uno de los cajones y un lapicero de mina gruesa y esperó a que la joven terminara el tazón para ofrecérselos. 
Torpemente y guiándose con las dos manos escribió “ANABEL” con letra de niño. 
-”Anabel... Muy bonito...¿Sabes tu apellido?” 
Anabel volvió a negar con la cabeza. 
-”¿Cuántos años tienes, Anabel?”,preguntó Daniel, en cuclillas frente a ella. La chica se encogió de hombros y arrancó la página con su nombre, escribiendo el número 6 en la siguiente. 
-”¿Dieciséis?”.  
Anabel negó con la cabeza. 
-”¿Veintiséis?” 
Volvió a negar. 
Entonces comprendió. 
“¿Tenías 6 años cuando te perdiste?” 
Anabel asintió fuertemente. 
Volvió a arrancar la página del cuaderno y escribió algo lentamente en la nueva hoja, tendiendo el cuaderno hacia Daniel. 
“ELLOS” era lo único escrito con la oscura mina del lapicero. 
-”¿Quiénes son ellos, Anabel?”, preguntó Sara en un tono tranquilizador. 
La chica volvió a agitarse y a negar con la cabeza. 
-”¿Van a venir a por ti?” 
-”SIIII....” vociferó intranquila e inquieta.  
Sara y Daniel se miraron durante un instante fijamente, sin saber muy bien qué hacer. 
Daniel sacó el móvil de su bolsillo y contrariado lo movió arriba y abajo como si fuera a atrapar una raya de cobertura en el aire. 
-”Nada, prueba con el tuyo...” 
-”Está en mi bolso, pruébalo tú, pero aquí dentro nunca ha habido cobertura...” 
-”Puto Orange..”, dijo mientras comprobaba por sí mismo que el teléfono de Sara tampoco funcionaba. 
-”Al final del camino, junto a la verja a veces se pilla una o dos barras...” 
-”Pues no sé, pero habrá que llamar a la policía... Y a una ambulancia, digo yo...” 
-”Podrá esperar a mañana... Le he echado un noctamid en el caldo...” 
-”¿Cómo?... ¡Acabas de drogar a una chica de la que no sabemos nada!...Manda cojones.” 
-”Un noctamid, Daniel... No le he puesto un pico ni le he dado a fumar crack, joder.... Enciende el calentador y llena la bañera, yo me encargo... El biberón de la niña está junto al micro, por si se despierta...” 
Daniel, atónito, se quedó bloqueado unos instantes mirando a su mujer. 
-”¡Venga!” 
Salió del salón y en pocos minutos Sara escuchó el ruido del calentador y el grifo de la bañera. 
Volvió a sentarse junto a Anabel en el sofá de nuevo. 
-”¡Quiénes son “ellos”, cariño?” 
Anabel resopló y volvió a recostar la cabeza en el brazo del sofá. 
-”¿Saben que estás aquí?” 
La joven se encogió de hombros y tapó su cara con la manta. 
A su lado, Sara comenzó a explorar suavemente sus heridas. 
La enucleación, la extirpación quirúrgica completa de los globos oculares se le había practicado hacía tiempo y por las cicatrices en las cuencas, de forma bastante torpe. En la muñeca tenía la pulsera que había visto en el coche, pero sólo ponía “XIV”. No había señal de ningún hospital, ni centro de salud. Ambas muñecas tenían marcas de ligaduras fuertes que le habían desollado la piel. A lo largo de ambos antebrazos tenía cortes, heridas cicatrizadas y otras muchas infectadas. Puso su mano en la frente de Anabel y comprobó que la fiebre era alta. Sacó del botiquín un bote de yodo, unas gasas y vendas y un blister de antibiótico. No podía ni siquiera imaginar por lo que había pasado aquella chica durante años. Escuchó que la respiración volvía a ser tranquila y profunda y abrió la puerta del dormitorio para acercarse a la cuna junto a la cama. Alma dormía tranquila, como si nada fuera con ella. Extendió la manta arrugada para que cubriese su pequeño cuerpo por completo y le besó la frente.
-”¿Cómo estás?”, preguntó Daniel desde la puerta entornada. 
Sara no contestó, pero se dio media vuelta y le abrazó fuertemente. 
-”El baño está listo... ¿Quieres que me encargue yo?” 
-”No, deja, ya lo hago yo... Tú asegúrate de que está todo bien cerrado y apaga las luces...” 
-”Tranquila, nadie va a llegar hasta aquí. Mañana a primera hora nos subimos al coche, llamamos a la policía y nos acercamos al pueblo a esperarles.” 
-”Pero son veinte kilómetros... ¿Y si el coche no funciona?” 
-”Pues cojo la moto y me esperáis aquí... Tú tranquila...” 
Sara le besó en los labios como hacía meses.  
Levantó suavemente a Anabel a la que la pastilla comenzaba a hacer efecto. 
-”Ven conmigo, te voy a bañar y a curar esas heridas...” 
La chica se mostró reticente al principio, renqueando con las pocas fuerzas que le quedaban pero finalmente se dejó llevar. 
Daniel había encendido la calefacción, por lo que en el cuarto de baño hacía tres o cuatro grados más, lo que pareció agradar a Anabel. Sara, con cuidado, le quitó el camisón mientras se le saltaban las lágrimas ante el espectáculo. Era mucho peor de lo que las heridas de los brazos le hicieron pensar en un primer momento. No había un centímetro de su vientre que no le hubieran rajado, de ahí la sangre del camisón, que permanecía pegado a muchas de ellas, por lo que Sara tuvo que dar varios tirones que la pobre chica sufrió sin quejarse.
Las bragas, algún día de color blanco, eran ahora de un tono pardo y pestilente. 
Armada de valor, Sara se las quitó también con cuidado. 
Presentaba también heridas, innumerables marcas de mordedura, quemaduras redondas, como de cigarro y moratones por todas partes. 
Ayudó a Anabel a meterse en la bañera caliente y puso una toalla bajo el cuello. 
Anabel volvió a sonreír 
La enjabonó a conciencia y comprobó que la chica se estaba quedando dormida, por lo que se apresuró para terminar de lavarle el escaso y fino cabello. 
La secó lo mejor que pudo y utilizó el yodo y las vendas. Pero no había vendaje suficiente para cubrir ese cuerpo destrozado. 
Le puso unas bragas y un pijama de felpa suyo y la llevó al dormitorio pequeño de invitados. Un cuarto interior sin ventanas que nunca antes había usado nadie y que  Daniel había convertido en su despacho, para no desconectar del trabajo ni siquiera en las cuatro ocasiones contadas que habían acudido a la cabaña. 
Sacó otra manta del armario y la arropó bien, para que se mantuviera caliente. 
-”Ahora te traigo un antibiótico, tienes que curar esas heridas...” 
La chica asintió bajo las mantas. 
Se incorporó un instante mientras bebía el agua para tragar la píldora. 
Sara no podía apartar su mirada de las cuencas de sus ojos vacías. Tenía el corazón encogido. No acababa de comprender cómo alguien podía haber hecho algo así. 
Anabel dio el último sorbo y tanteó la cara de Sara con las manos. 
-”Eres...guapa...”, entendió Sara, “Gracias...”. 
Sara la besó en la frente, rugosa por las cicatrices de heridas pasadas y volvió a arroparla. 
Apagó la luz y entornó la puerta. 
Cuando salió al salón necesitó un minuto para recomponerse. 
Volvió al cuarto de baño a recoger las toallas y colocarlas frente a la chimenea. 
Cuando se levantó le pareció ver algo en la ventana empañada del baño. Era como una máscara de color naranja con ojos penetrantes. En cuanto Sara se fijó en ella desapareció. 
-”¡Daniel!”, gritó con la puerta entornada sin pensar en despertar a Alma o a la desconocida. 
Daniel llegó al baño corriendo, con un tenedor en la mano. 
-”¿Qué pasa?” 
-”Oh, Daniel, hay alguien ahí fuera...”, dijo mientras se apoyaba en el toallero intentando sacar la cabeza por la ventana. 
-”¿Qué haces?, espera, ¡Para!... ¡Para!”, dijo Daniel preocupado, “Ven aquí, siéntate...”, y le acercó la banqueta de plástico rosa mientras volvía a cerrar la ventana.  
-”¿Cómo sabes que hay alguien ahí fuera?” 
-”He visto a un hombre con la cara pintada mirándome por la ventana”, dijo señalando la ventana aún empañada 
-”Cómo que pintada?... ¿Llevaba una mascara?” 
-”Y yo qué sé... Eso no importa, joder, el caso es que había alguien...” 
-”Sara, estás sugestionada, está todo nevado, hemos recogido a una extraña llena de heridas... La ventana está empañada, seguramente has visto moverse unas ramas... ¿No crees?” 
Sara negó insistentemente mientras contenía las lágrimas. 
-”Está bien, voy a salir fuera y rodear la casa a ver si encuentro algo...”
-”Por favor no salgas... No salgas, tengo mucho miedo, Daniel...” 
-”No te preocupes, cariño, estaré aquí mismo... Aquí no hay nadie y voy a comprobarlo...”  
Daniel salió sin abrigar, con una linterna en la mano y rodeó el perímetro de la casa mientras Sara temblaba sentada en la banqueta del baño. 
En unos tres minutos ya estaba frente a la puerta del cuarto de baño. 
-”Mira tu enmascarado”, dijo sosteniendo una bolsa amarilla de supermercado anudada. 
Sara se quedó mirando la bolsa fijamente. 
-”La colgué yo mismo del manzano para espantar a los pájaros este verano, la última vez que estuvimos aquí... Desde la ventana es el único árbol de la finca que ves... Aquí no hay nada, ¿qué quieres hacer?” 
Sara tardó en responder. 
-”No lo sé... Supongo que me confundí...” 
-”¿Quieres cenar?”, preguntó Daniel, que había hecho una tortilla y calentado en el microondas unos filetes que traían ya empanados. 
-”No...Necesito una copa...” 
-”¿Vino?” 
-”Whisky” 
Ya en el salón, Daniel sacó dos vasos de cristal grueso del aparador y una botella de escocés que tenía los mismos años que su matrimonio. 
Sara bebió el suyo de un trago. 
-”¿Le diste el biberón a Alma?” 
-”No... Duerme como un angelito...” 
Sara asintió y volvió a llenar su vaso hasta casi rebosar. 
-”Te va a sentar mal...” 
-”No puedes. No puedes imaginarte por lo que ha pasado esta chica... Tiene una hemorragia en el ano considerable, contusiones alrededor de la vagina...Los pezones le han sido extirpados también, con la misma delicadeza que los ojos... Y tiene una infección de caballo en la mitad de las heridas. Si no muere de septicemia esta noche no creo que aguante mucho más...” 
-”Joder... Normal que estés sugestionada... Voy a bajar hasta el portón a ver si pillo cobertura y llamo a la policía...” 
-”Llama también a mi padre. Pídele que venga, por favor...” 
-”Son las once...” 
-”Por favor...”